jueves, 1 de noviembre de 2018
Nadie dice nada, pero yo lo siento igual
Qué asco de corazón siempre con su sinrazón
de querer plantar cipreses, de morirse todos los meses
que contracorriente encuentran otro resbalón.
El vinagre que le besa le deja la boca seca
y en las comisuras la saliva de una luna
que se hace la dura, que mata a mi espera.
Vaya con este tañer que no nos deja ver
por cambiarnos los sentidos, por querer hablar dormidos
sabiendo que en este nido hay mucho hueso que roer.
El bosque va tallado con su traje de noviazgo
pero ya sobra tela y las montañas veranean
y a la sombra de tu sierra planto todos mis años.
Voy a meterle mano a todos tus sueños
y a quitarles la falda del desespero
y follarles con la realidad
hasta que griten que quieren despertar,
que quieren sabernos de verdad.
Qué ternura de remolinos para ahogar todos los ruidos
que arañan la puerta y por la ventana se desperezan,
que el mundo entero se muera que para hablar ya estoy conmigo.
El cemento en mis pies no sabe si está arriba o del revés,
yo sólo veo agua, eran unas manos mi barca
pero en la plegaria se juntaron y ya ves.
Vaya con este domar, entre coces y cuerdas era todo sal
que va bien para las heridas que decoran el paisaje de esta vida
que está aquí dormida y que si gime, escupo y a volar.
El fruto de las reses para cuando se vacíen las veces
y que hagan compañía a la mierda en las tripas y en la cabeza
porque en la loma como enredadera aún queda la simiente.
martes, 13 de febrero de 2018
Madridfornication [2]
Estaba celebrando algo, no recuerdo bien el qué... puede que
el aniversario de nacimiento o muerte de algún escritor, o de algún
músico, o incluso mi cumpleaños, no sé. Como siempre cuando se
trata de mí, era una celebración solitaria, en un bar del centro y
con la luna entre la contaminación como única compañía. La
cerveza estaba fría, los corazones más, y sólo escribí un par de
frases en una servilleta para no dejar solo al “Gracias por su
visita” que la adorna. Hice una bola de papel y la tiré fuera,
para que fuese libre, como deben ser las palabras. Cuando el camarero
me informó de que iba a cerrar me pedí la última para beberla
rápido. Era pronto, pero también era martes.
Salí y hacía más frío que nadando en la cerveza o que arropándose con un corazón. Pues no se había dado mal la celebración y el metro aún estaría abierto. Bajaba por Montera hasta Sol y hasta el amor rápido llevaba bufanda y pantalones, porque si un martes a esas horas alguien quiere comprar un poco, ya sabe lo que hay, no hay que vender nada, pero tristemente se hace.
La luz del metro me hizo daño en los ojos, se me cerraban un poco (más aún), pero tuve suerte, sólo quedaban 3 minutos para el tren, andén casi vacío. Escuché algo de jaleo acercándose. Un par de rusos acababan de llegar, uno era alto, trajeado, de facciones cuadradas pero algo desencajadas (y no por algo natural, obviamente) y los ojos azules le brillaban bastante; su compañero era bajito, con el pelo largo y barba, más tosco, parecían sacados de una película de mafia cutre. Iban acompañados por unas chicas que me sonaban de vista, estaban por Montera. El bajito se me acercó.
–¡Eeeeeh! ¡Amigo! ¡Fiesta! ¡Tú venir! ¿sí? –el alto lo secundó con gritos goriláceos, le faltó golpearse el pecho. Las chicas se reían escandalosamente y yo... yo no tenía nada que hacer.
–¿Dónde es? ¿cuánto?
–Pocas paradas, Manuel Becerra, ¡gratis! ¡ser cumpleaños de mi amigo Anatoli! –y más gritos del grandullón.
Dicho y hecho, me iba con unos rusos locos de fiesta, ¿qué podría salir mal? En el metro sacaron unas botellas de vino y me dieron de beber, pero dije que no, que me esperaría a los vasos. Las chicas sí bebieron. Me guiaron hasta un portal con sillones de cuero en la calle trasera del Palacio de los Deportes (o como se llame ahora), enfrente de una tienda de medias. Me pregunté que a cuántos vecinos molestaríamos, pero bueno, yo no vivía allí. La casa era grande, y tenía vasos, y más alcohol. Me enseñaron un juego para beber chupitos, y eso lo jode todo siempre. Para romper con el estereotipo, diré que no sólo beben vodka. Leonov, que era el bajito, desapareció al cabo de un rato con una de las chicas, pero daba igual, porque en el rato que llevaba allí vino mucha más gente, todos con acento del este, menos algunas chicas, que eran de varios lugares por lo que pude escuchar. La mesa se convirtió en una orgía de vasos y cocaína, y yo no consumía (drogas), así que aproveché para ir al servicio a refrescarme. No sabía dónde estaba, probé en todas las puertas: un armario, una habitación vacía, otra habitación en cual estaba Leonov asfixiándose con una bolsa de plástico mientras una morocha le estaba masturbando... cerré rápidamente y acerté con la siguiente puerta, que era el servicio. Caray con el ruso, pensé. Meé y me lavé la cara. Al salir una chica castaña de ojos color miel me comió la boca. No sabía quién era, ni cuándo había llegado a la fiesta, pero volví a entrar al servicio, esta vez acompañado.
Hicimos el amor, creo recordar, o algo parecido, bonito, sin empañar el espejo pero sí los oídos con susurros y jadeos, apoyados contra el lavabo, contra la fría cerámica, bajo esas estrellas casi caducas que eran las bombillas naranjas. ¿Vida real o fantasía? Cuando estaba a punto empujé tan fuerte que se clavó el grifo en la espalda y se hizo una herida. Me empujó y me dijo algo en otro idioma. Nada bueno, seguramente, y se fue. Yo que me había enamorado. Me subí los pantalones y al pasar por la habitación del ruso bajito escuché un golpe y un grito de mujer. Entré temiéndome lo peor y dispuesto a ayudar a la chica. Pero no vi eso. La morena estaba temblando en un rincón, sollozando y señalando a Leonov, que estaba tieso (todo) y con los ojos en blanco. Ella le había quitado la bolsa al ver que él ya no decía nada. Salí de esa habitación para buscar a Anatoli y decírselo. Supuse que estaría con la cara enterrada en un montón de cocaína o en el culo de alguna mulata. Pero la droga había volado de la mesa, en su lugar había una pistola y tres hombres sentados alrededor. El resto los rodeaba expectantes.
–¡Español! ¡Tú jugar ruleta! ¿sí?
–¡No me jodas, Anatoli! ¡Que tu amigo está muerto!
Al puto ruso se le puso el semblante serio, cogió la pistola y fue a buscarle. Una de las chicas gritó y todos salimos de allí corriendo. Iba tan borracho y había tanto jaleo que en vez de bajar las escaleras, las subí. Varios vecinos ya estaban saliendo ante el ruido que se había provocado. El punto álgido a esa fiesta de pijamas en el rellano lo puso un disparo. Me quedé paralizado. Volví en mí y bajé la escalera mientras los vecinos se preguntaban qué pasaba. En un sillón rojo que había en el portal estaba la chica castaña llorando. ¿Me puse condón? Esperaba que sí. Ella ni me miró.
–¡Vámonos, que la policía está al llegar, joder! –no quería que le pasase nada. Pero sólo me contestó con improperios en su lengua materna mientras se señalaba la espalda. Pues nada.
Salí del portal, eran las 4 de la madrugada y las luces azules ya empezaban a inundar la calle. Había gente corriendo por todos los lados. Anatoli se había asomado a una ventana y estaba gritando con la pistola en la mano, corrí antes de que el puto King Kong albino me abriese un agujero en la cabeza por donde se colase la lluvia, como en la(s) canción(es). Los policías se bajaron de los coches y empezaron a parar a todo el mundo. Uno me iba a parar cuando el compañero le dijo “Deja a ese chaval, ¿no ves que es español? Busca rusos.” Yo sonreí como si aquello no fuese conmigo. Seguí andando hasta Alcalá mientras me hurgaba el bolsillo, para ver si tenía para un taxi. Pero no tenía, así que fui a por un búho.
–Tienes sangre en el pantalón, ¿estás bien? –me dijo una chica, treinta y algo, rubia y con una bolsa con un uniforme de seguridad, delante de la que me senté.
–Sí, no es mía, creo.
–¿Una noche difícil? –preguntó sonriendo.
–Y aún no ha acabado –y le devolví la sonrisa.
Veinte minutos más tarde mis pantalones estaban en su lavadora, los suyos en el suelo y no sé, en 1837 está a punto de suicidarse Larra, no ha sido mala celebración.
Salí y hacía más frío que nadando en la cerveza o que arropándose con un corazón. Pues no se había dado mal la celebración y el metro aún estaría abierto. Bajaba por Montera hasta Sol y hasta el amor rápido llevaba bufanda y pantalones, porque si un martes a esas horas alguien quiere comprar un poco, ya sabe lo que hay, no hay que vender nada, pero tristemente se hace.
La luz del metro me hizo daño en los ojos, se me cerraban un poco (más aún), pero tuve suerte, sólo quedaban 3 minutos para el tren, andén casi vacío. Escuché algo de jaleo acercándose. Un par de rusos acababan de llegar, uno era alto, trajeado, de facciones cuadradas pero algo desencajadas (y no por algo natural, obviamente) y los ojos azules le brillaban bastante; su compañero era bajito, con el pelo largo y barba, más tosco, parecían sacados de una película de mafia cutre. Iban acompañados por unas chicas que me sonaban de vista, estaban por Montera. El bajito se me acercó.
–¡Eeeeeh! ¡Amigo! ¡Fiesta! ¡Tú venir! ¿sí? –el alto lo secundó con gritos goriláceos, le faltó golpearse el pecho. Las chicas se reían escandalosamente y yo... yo no tenía nada que hacer.
–¿Dónde es? ¿cuánto?
–Pocas paradas, Manuel Becerra, ¡gratis! ¡ser cumpleaños de mi amigo Anatoli! –y más gritos del grandullón.
Dicho y hecho, me iba con unos rusos locos de fiesta, ¿qué podría salir mal? En el metro sacaron unas botellas de vino y me dieron de beber, pero dije que no, que me esperaría a los vasos. Las chicas sí bebieron. Me guiaron hasta un portal con sillones de cuero en la calle trasera del Palacio de los Deportes (o como se llame ahora), enfrente de una tienda de medias. Me pregunté que a cuántos vecinos molestaríamos, pero bueno, yo no vivía allí. La casa era grande, y tenía vasos, y más alcohol. Me enseñaron un juego para beber chupitos, y eso lo jode todo siempre. Para romper con el estereotipo, diré que no sólo beben vodka. Leonov, que era el bajito, desapareció al cabo de un rato con una de las chicas, pero daba igual, porque en el rato que llevaba allí vino mucha más gente, todos con acento del este, menos algunas chicas, que eran de varios lugares por lo que pude escuchar. La mesa se convirtió en una orgía de vasos y cocaína, y yo no consumía (drogas), así que aproveché para ir al servicio a refrescarme. No sabía dónde estaba, probé en todas las puertas: un armario, una habitación vacía, otra habitación en cual estaba Leonov asfixiándose con una bolsa de plástico mientras una morocha le estaba masturbando... cerré rápidamente y acerté con la siguiente puerta, que era el servicio. Caray con el ruso, pensé. Meé y me lavé la cara. Al salir una chica castaña de ojos color miel me comió la boca. No sabía quién era, ni cuándo había llegado a la fiesta, pero volví a entrar al servicio, esta vez acompañado.
Hicimos el amor, creo recordar, o algo parecido, bonito, sin empañar el espejo pero sí los oídos con susurros y jadeos, apoyados contra el lavabo, contra la fría cerámica, bajo esas estrellas casi caducas que eran las bombillas naranjas. ¿Vida real o fantasía? Cuando estaba a punto empujé tan fuerte que se clavó el grifo en la espalda y se hizo una herida. Me empujó y me dijo algo en otro idioma. Nada bueno, seguramente, y se fue. Yo que me había enamorado. Me subí los pantalones y al pasar por la habitación del ruso bajito escuché un golpe y un grito de mujer. Entré temiéndome lo peor y dispuesto a ayudar a la chica. Pero no vi eso. La morena estaba temblando en un rincón, sollozando y señalando a Leonov, que estaba tieso (todo) y con los ojos en blanco. Ella le había quitado la bolsa al ver que él ya no decía nada. Salí de esa habitación para buscar a Anatoli y decírselo. Supuse que estaría con la cara enterrada en un montón de cocaína o en el culo de alguna mulata. Pero la droga había volado de la mesa, en su lugar había una pistola y tres hombres sentados alrededor. El resto los rodeaba expectantes.
–¡Español! ¡Tú jugar ruleta! ¿sí?
–¡No me jodas, Anatoli! ¡Que tu amigo está muerto!
Al puto ruso se le puso el semblante serio, cogió la pistola y fue a buscarle. Una de las chicas gritó y todos salimos de allí corriendo. Iba tan borracho y había tanto jaleo que en vez de bajar las escaleras, las subí. Varios vecinos ya estaban saliendo ante el ruido que se había provocado. El punto álgido a esa fiesta de pijamas en el rellano lo puso un disparo. Me quedé paralizado. Volví en mí y bajé la escalera mientras los vecinos se preguntaban qué pasaba. En un sillón rojo que había en el portal estaba la chica castaña llorando. ¿Me puse condón? Esperaba que sí. Ella ni me miró.
–¡Vámonos, que la policía está al llegar, joder! –no quería que le pasase nada. Pero sólo me contestó con improperios en su lengua materna mientras se señalaba la espalda. Pues nada.
Salí del portal, eran las 4 de la madrugada y las luces azules ya empezaban a inundar la calle. Había gente corriendo por todos los lados. Anatoli se había asomado a una ventana y estaba gritando con la pistola en la mano, corrí antes de que el puto King Kong albino me abriese un agujero en la cabeza por donde se colase la lluvia, como en la(s) canción(es). Los policías se bajaron de los coches y empezaron a parar a todo el mundo. Uno me iba a parar cuando el compañero le dijo “Deja a ese chaval, ¿no ves que es español? Busca rusos.” Yo sonreí como si aquello no fuese conmigo. Seguí andando hasta Alcalá mientras me hurgaba el bolsillo, para ver si tenía para un taxi. Pero no tenía, así que fui a por un búho.
–Tienes sangre en el pantalón, ¿estás bien? –me dijo una chica, treinta y algo, rubia y con una bolsa con un uniforme de seguridad, delante de la que me senté.
–Sí, no es mía, creo.
–¿Una noche difícil? –preguntó sonriendo.
–Y aún no ha acabado –y le devolví la sonrisa.
Veinte minutos más tarde mis pantalones estaban en su lavadora, los suyos en el suelo y no sé, en 1837 está a punto de suicidarse Larra, no ha sido mala celebración.
miércoles, 3 de enero de 2018
Somos de cristal
Bueno, antes de todo, feliz año nuevo. ¿Propósitos? Pues tal vez debería escribir más o buscar alguna motivación para ello. ¿Y si me propusiese publicar? Como si no lo hubiese intentado ya. Resulta que soy un mediocre escritor de poesía (creedme, sé de esto, lo he estudiado), un escritor de relatos algo decente, y creo que lo que mejor se me da es escribir canciones sin música. Sea como fuere, a cuentagotas, iré dejando cosas por aquí. De momento, antes de unos versos, os dejo un enlace para descargar un cuento de Navidad que escribí hace casi un mes: http://ge.tt/3Z1Mcin2
Ya que no somos la eternidad,
seamos belleza en un instante.
Que somos de cristal
y nos podemos quebrar
cada vez que nos tenemos delante.
Ya que es aparente la fragilidad,
sigamos siendo constantes.
Que sólo somos un segundo más
y nos podemos gastar
cada vez que un suspiro salta adelante.
Ya que nos sabemos marchitos
aprovechemos este color.
Que si nos tocamos con delicadeza
podemos evitar las grietas
cada vez que hacemos el amor.
Ya que las estrellas se apagan
disfrutemos de la luminosidad.
Que somos cuerpos reflectantes
y hay destellos lacerantes
cada vez que una palabra suena mal.
Ya que no somos todo mares
seamos al menos esa gota más.
Que a veces pesan los pesares
y las lágrimas son el maquillaje
cada vez que queremos desbordar.
Ya que el universo es infinito
seamos nosotros un punto y final.
Que somos cuerpos celestiales
con órbitas chocantes
cada vez que deseamos explotar.
PD: La imagen corresponde a la película Paterson (2016)
Ya que no somos la eternidad,
seamos belleza en un instante.
Que somos de cristal
y nos podemos quebrar
cada vez que nos tenemos delante.
Ya que es aparente la fragilidad,
sigamos siendo constantes.
Que sólo somos un segundo más
y nos podemos gastar
cada vez que un suspiro salta adelante.
Ya que nos sabemos marchitos
aprovechemos este color.
Que si nos tocamos con delicadeza
podemos evitar las grietas
cada vez que hacemos el amor.
Ya que las estrellas se apagan
disfrutemos de la luminosidad.
Que somos cuerpos reflectantes
y hay destellos lacerantes
cada vez que una palabra suena mal.
Ya que no somos todo mares
seamos al menos esa gota más.
Que a veces pesan los pesares
y las lágrimas son el maquillaje
cada vez que queremos desbordar.
Ya que el universo es infinito
seamos nosotros un punto y final.
Que somos cuerpos celestiales
con órbitas chocantes
cada vez que deseamos explotar.
PD: La imagen corresponde a la película Paterson (2016)
miércoles, 25 de octubre de 2017
De dentro
Bajo toda esa capa salada
me sabes a futuro y a tristeza,
a todas esas huellas por la arena,
a la sangre de tus hadas.
Y es que al final va a explotar,
aquí todos mis dominios,
todo lo es y ha sido mío,
queriendo gritar por la libertad.
Porque de nada me sirve parar el tiempo
si es constante tanto silencio,
pocas palabras, muchas heridas,
mucho dolor para tan poca vida.
Bajo esta noche estrellada
siento lejos tus ojos y tus manos,
nuestras historias sobre teatros,
perdidas entre tanta calada.
Y es que al final sale de dentro,
aquí en todo este campo,
todo lo que tengo es lo que valgo,
queriendo llorar por ningún muerto.
Porque de nada me sirve cambiar el espacio
si eres constante entre tanto fallo,
pocas caricias, muchos golpes,
mucho aire para tan poco roce.
Yo te haré volar, no hagas caso,
a veces está bien volver atrás.
Poetas de barro que suelen arrancar
las páginas de un diario
pero las vuelven a pegar,
primero con sus labios,
con lágrimas al acabar.
Pues yo contigo, entre tus líos,
seré un guardián de tus delirios,
y de tus vicios el principal,
así que deja atrás esas cadenas,
toda esa pena, y vamos a saltar,
que ahí fuera se mueren de ganas
de vernos triunfar.
me sabes a futuro y a tristeza,
a todas esas huellas por la arena,
a la sangre de tus hadas.
Y es que al final va a explotar,
aquí todos mis dominios,
todo lo es y ha sido mío,
queriendo gritar por la libertad.
Porque de nada me sirve parar el tiempo
si es constante tanto silencio,
pocas palabras, muchas heridas,
mucho dolor para tan poca vida.
Bajo esta noche estrellada
siento lejos tus ojos y tus manos,
nuestras historias sobre teatros,
perdidas entre tanta calada.
Y es que al final sale de dentro,
aquí en todo este campo,
todo lo que tengo es lo que valgo,
queriendo llorar por ningún muerto.
Porque de nada me sirve cambiar el espacio
si eres constante entre tanto fallo,
pocas caricias, muchos golpes,
mucho aire para tan poco roce.
Yo te haré volar, no hagas caso,
a veces está bien volver atrás.
Poetas de barro que suelen arrancar
las páginas de un diario
pero las vuelven a pegar,
primero con sus labios,
con lágrimas al acabar.
Pues yo contigo, entre tus líos,
seré un guardián de tus delirios,
y de tus vicios el principal,
así que deja atrás esas cadenas,
toda esa pena, y vamos a saltar,
que ahí fuera se mueren de ganas
de vernos triunfar.
jueves, 12 de octubre de 2017
Pueblo [2]
Salí
de allí dejando al muchacho con sus pensamientos y su vergüenza.
Corrí hacia la casa de la chica para ver a su padre. Alicia seguía
por allí pese a que me había dicho que tenía prisa. Buena forma de
librarse de mí, supuse. Cuando llegué, el padre me estaba esperando
en la puerta.
–Venga
conmigo.
–Antes quiero
hacerle unas preguntas.
–Por eso
quiera que venga conmigo. Responderé a todas.
Caminamos hacia
el bosque, fue un paseo más silencioso de lo que me hubiera gustado.
Sólo se escuchaba el calor haciendo sudar a unos pájaros. Tenía
ganas de llegar sólo para ponerme a la sombra de un maldito árbol y
que ese hombre hablara, que me dijese por qué llamó a su hija, por
qué me mintió, qué hacía en mi sueño y qué coño pasaba en ese
pueblo. Pasamos por la choza de Silverio, y tan pronto como pasamos,
la dejamos atrás para internarnos en el bosque. Tenía mucha sed,
tanta que hubiese bebido del bidón del estrábico.
–¿Qué pasa?
–pregunté cuando nos detuvimos.
–Ya hemos
llegado. Ahora hay que esperar.
–¿A qué?
Mientras esperamos contésteme... ¿por qué llamó a su hija?
–Para
salvarla. Si ese chico la hubiese tocado un pelo... ya no la
querrían, no. Menos mal que su amiga me avisó.
–¿Su amiga?
¿Alicia? ¿Salvarla de qué?
–De la vida
que hubiese llevado. Ellos las quieren puras.
–¿Quiénes
son ellos?
Escuchamos un
ruido cerca de nosotros. Siendo un bosque podía ser cualquier cosa.
Los dos miramos hacia la misma dirección. Mientras él empezó a
sonreír de una manera macabra, yo agarré lentamente mi pistola.
Volvió a crujir algo, cada vez más cerca. Puede ser un animal, o el
propio Silverio, pensé. El padre de la chica se acercaba al lugar de
donde venían los ruidos. Una gota de sudor me resbaló por la nariz
y cayó justo a la vez que Flint salió de entre los árboles. Puto
gato. Sentí alivio y mi acompañante decepción.
–Empieza a
contestar a las preguntas.
–Yo... –empezó
a decir, pero entonces se nubló el cielo. Tanto que parecía casi de
noche. La humedad se volvió fría. Volví a sujetar la pistola –.
Ahí vienen.
Flint volvió al
lugar, pero esta vez en brazos de su dueña. Con ella vino más
gente, pero estaba encapuchada. El padre de la chica se sentó. Flint
dio un salto desde los brazos de su dueña y me miró.
–Vete del
pueblo –me dijo.
–¿Me está
hablando un gato?
–¿Acaso me
has visto mover la boca?
–¿Qué
cojones?
–Tú, puedes
irte –le dijo al padre de la chica. Pero es verdad, no movía su
boca de gato, era como telepatía–. Has cumplido. Gracias por tu
hija.
–¿Qué está
pasando aquí?
El gato echó a
andar. Le seguí, y fui el único, los encapuchados se quedaron
quietos. Flint me llevó otra vez fuera del bosque. Aunque se veía
con más claridad, seguía nublado y las vacas pastaban
tranquilamente. Escuchamos un disparo. Flint se giró y el cascabel
de su collar sonó. Corrió, y yo detrás de él. Las vacas no se
inmutaban cuando pasábamos a su lado. El felino las iba esquivando a
todas, y yo detrás de él. De repente, se metió por debajo de una
de ellas, y la reconocí, tenía una huella de sangre. Me metí
debajo yo también y aparecí en la habitación de la casa de la
anciana.
–¿Qué te
parece Alicia? En vez del conejo, puede que siga al gato.
–¿Me vas a
decir qué cojones está pasando en este pueblo?
Se quedó
quieto. Fuera se escuchaban truenos, o disparos. No sabía muy bien
si fuera de la habitación o fuera de donde estuviese. No me atreví
a mover las cortinas para observar. Flint me miraba, y a continuación
miraba a un enchufe, después otra vez a mí.
–Hay cierta
belleza en la energía cósmica que exige la tierra para vivir. Hay
pureza, y una raíz siempre es más que eso. Al fin y al cabo nunca
vemos lo que son ni lo que hacen.
–¿Qué dices?
–y sonó otro estruendo.
–Parece
mentira que al final por el aleteo de una mariposa se vaya a
desmoronar todo, pero así funciona todo.
Al lado de Flint
apareció Carlos.
–Ya viene
–dijo al gato–. Lo siento.
Sonó otro
estruendo y me caí. Supuse que había muerto porque no escuchaba
nada. La habitación desapareció, y con ella Flint y Carlos. Sólo
veía mariposas azules con las alas rotas.
–¡Corre,
joder, corre!
–¿Eh? –dije
medio despertándome con tanto trote. Alguien me estaba llevando en
brazos y yo estaba cubierto de sangre. Me habían disparado en un
hombre.
–Te bajo y
corres, sigue corriendo.
Era
Silverio. Me puso en el suelo. Él se quedó quieto, apuntando con su
escopeta a los árboles que habíamos dejado atrás. Empezó a
emerger una figura de allí, pero él disparó.
–¡Corre! ¡Y
no vuelvas! ¡Vete!
–Pero... ¿qué?
–¡Joder!
Siento que hayas visto esto –paró para disparar otra vez–, nunca
cometen errores, pero esta vez... sabía yo que ese mequetrefe no iba
a poder... ¡corre!
Corrí
a la vez que sonó otro disparo.
domingo, 24 de septiembre de 2017
El cambiacapas
Estimados pocos lectores:
Que actualice poco no significa que no escriba. Estoy escribiendo un libro cuyo nombre es Canciones difíciles de escuchar, y es una recopilación de canciones sin música, de versos que duelen como agujas y que llevo desarrollando ya unos cuantos meses. Voy lento porque quiero estar contento con todo, y no quería subir nada de ese libro al blog para que fuese totalmente nuevo, pero supongo que un breve adelanto no nos hará mal a ninguno, ni a mí, que aquí lo dejo, ni a ti, que tendrás la (buena/mala) suerte de leerlo.
Me perdono por las noches en casa
mientras se quemaba Malasaña
y yo haciendo que sé escribir.
Me perdono por todas las palabras
que trafico como si fueran hadas
pero quedándome las que son para ti.
Me perdono por todos los viajes,
sin saber lo que duelen los baches
que me da cada mapa lejos de tu vera.
Me perdono por no saber tratarte
como se merecen las rosas que aparte
se desnudan matando a la primavera.
Me perdono por despertar en la rutina
que empezó a construir la ruina
que no supe ver en tu gesto torcido.
Me perdono por si he matado a tu risa
con mis asuntos de ventana y cornisa
pero es que sólo me salvan tus oídos.
Me perdono por todos los regalos
que se quedaron sin lazo
y que usé para abrocharme la cabeza.
Me perdono por no bailar en tus zapatos
si yo reía y tú estabas gritando,
pero es que esa canción era pura mierda.
Me perdono por toda la indecencia,
por lo indebido y lo que me rodea,
fotos, canciones, poemas sin destinatario.
Me perdono por tener esta guerra,
y que la paz me viene sin merecerla,
supongo que sé jugar a ser Dios y el Diablo.
Me perdono por todo lo que he llorado
hasta inundar este cuarto,
pero es que he aprendido a nadar.
Me perdono por haber “mal querido”
pero por eso mismo me permito
hacerlo todo mal una vez más.
mientras se quemaba Malasaña
y yo haciendo que sé escribir.
Me perdono por todas las palabras
que trafico como si fueran hadas
pero quedándome las que son para ti.
Me perdono por todos los viajes,
sin saber lo que duelen los baches
que me da cada mapa lejos de tu vera.
Me perdono por no saber tratarte
como se merecen las rosas que aparte
se desnudan matando a la primavera.
Me perdono por despertar en la rutina
que empezó a construir la ruina
que no supe ver en tu gesto torcido.
Me perdono por si he matado a tu risa
con mis asuntos de ventana y cornisa
pero es que sólo me salvan tus oídos.
Me perdono por todos los regalos
que se quedaron sin lazo
y que usé para abrocharme la cabeza.
Me perdono por no bailar en tus zapatos
si yo reía y tú estabas gritando,
pero es que esa canción era pura mierda.
Me perdono por toda la indecencia,
por lo indebido y lo que me rodea,
fotos, canciones, poemas sin destinatario.
Me perdono por tener esta guerra,
y que la paz me viene sin merecerla,
supongo que sé jugar a ser Dios y el Diablo.
Me perdono por todo lo que he llorado
hasta inundar este cuarto,
pero es que he aprendido a nadar.
Me perdono por haber “mal querido”
pero por eso mismo me permito
hacerlo todo mal una vez más.
domingo, 27 de agosto de 2017
Pueblo [1]
No era un gran pueblo, apenas tenía 20 habitantes en
invierno, pero esa cifra se multiplicaba al llegar el verano. Parecía
que el canto que la chicharra atraía a la gente, joven sobre todo,
hijos y nietos de los que pasaban allí todo el año. ¿Y a quién le
iba a molestar eso? Llenaban de vida la calle, de risas, de gritos,
de algún que otro jaleo, de fiestas... pero ¿qué se le va a hacer?
Son jóvenes. Todos se conocían allí. Sabían dónde vivía uno,
dónde pasaba la noche el otro, quién le gustaba a quién, de quién
era hijo o hija algún crío. La vida del pueblo, con sus vacas, sus
cerdos, sus insectos, su iglesia en la plaza, su pilón.
Sin embargo, el motivo de mi presencia allí no era relajarme y disfrutar de la vida rural... ojalá. Había sido enviado desde la capital hasta allí, Faramontanos de la Sierra, para investigar el asesinato de una chica. El cuerpo fue encontrado por el panadero de la zona. Al llegar con su furgoneta vio el cuerpo desnudo de la joven al pie de unos arbustos en el camino de la entrada del pueblo. Por suerte no tocó nada, nadie tocó nada hasta que llegué yo. La Guardia Civil sí había acordonado la zona y sí había dado con los familiares de la chica, que estaban desolados.
–¡El Silverio! ¡Ha sido el Silverio!– gritó alguien a mi llegada.
El cuerpo conservaba aún algo de color y no presentaba golpes ni heridas. El cuerpo, claro, porque la parte de atrás de la cabeza tenía un agujero de bala, de escopeta seguramente, que dejaba ver parte del interior del cráneo. No había marcas de forcejeo ni en el cuello ni en las muñecas.
–Parece ser que ha sido violada, inspector– me dijo uno de los guardias.
–¿Violada? –me acerqué más, y en efecto, lo que parecía ser semen reseco salía de la vagina de la joven– Es curioso, no parece haber signos de forcejeo, ¿sería violación o consentido? También podría haber sido drogada, necesitaremos un análisis.
–Eso podría llevar unos tres días, inspector.
–Justo lo que necesito para recabar información en el pueblo. ¿Quién es el tal Silverio que han mencionado antes? Iré a verle.
–Vive en una choza en las afueras del pueblo, por aquí le conocen como el loco.
Choza era decir mucho, eran cuatro tablones colocados sobre el suelo. La zona olía a mierda, lo que me hizo suponer que allí dentro no había cuarto de baño y ni falta que le hacía a su ocupante. Estábamos en un alto, a unos 2 kilómetros del pueblo, el cual se podía divisar perfectamente. Llamé a lo que supuse que era la puerta y la abrió un tipo alto, delgado, algo estrábico, de aseo descuidado. Debido al calor, imaginé, sólo llevaba puesto un peto. Me invitó a pasar sin decir nada, sólo con un gesto. El interior de esa choza era tremebundo. El calor era asfixiante, había un camping gas que haría sus veces de cocina y un par de barriles llenos de agua. Un catre al fondo, que prácticamente estaba a mi lado, y se veían perfectamente manchas e insectos muertos. Una radio sobre una estantería y a su lado libros, varios libros y de temática variada. Alicia en el país de las maravillas de Carroll, Dune de Frank Herbert, un tratado de herbología, otro de biología, las Novelas Ejemplares de Cervantes, La isla del Tesoro de Stevenson, el Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels, un libro sobre taxidermia y más, muchos más. Al menos sabía matar el tiempo. Me senté en una silla de mimbre frente a una mesa sucia.
–¿Quieres tomar algo?– su voz sonó firme, pero en parte amable.
–No, gracias– no me quería arriesgar a coger una infección.
–Sé por qué está aquí, es por lo de esa chica. No fui yo.
–De momento no es usted sospechoso, sólo estoy investigando. ¿Conocía a la víctima?
–Los conozco a todos, esa es la Paramio. No le voy a decir que me da pena, porque no me da ninguna, ni ella, ni nadie del pueblo, podrían acabar todos así– y escupió en el suelo.
–¿Tiene usted armas?
–Una escopeta, pero la uso nada más que para cazar zorros y liebres, alguna perdiz para comer, poco más. Los disparos me asustan al ganado y eso se nota, ¿sabe? No dan la leche igual.
–Respecto a lo que ha dicho antes... ¿qué problema tiene con los habitantes del pueblo? ¿o qué problema tienen ellos con usted?
–Es más bien eso último. No vivo aquí, lejos, por placer, pero alguien tiene que vigilar desde arriba, y así no escucho sus canciones.
–¿Qué canciones? ¿vigilar?
–Sí, sí, todas las canciones que cantan esos niñatos. En invierno esto es pura paz, pero llegan todos en verano... “Silverio, Silverio, un ojo aquí, y el otro en el cementerio”, y vienen aquí a las afueras a beber y a corretear, y me asustan al ganado, y eso se nota, ¿sabe? Son maleducados, irrespetuosos, y pasa lo que pasa...
–Pero y lo de vigilar ¿qué?
–Ah... la naturaleza, sabe– entonces el ojo bizco se puso completamente negro y me miró con el ojo sano–:
Sin embargo, el motivo de mi presencia allí no era relajarme y disfrutar de la vida rural... ojalá. Había sido enviado desde la capital hasta allí, Faramontanos de la Sierra, para investigar el asesinato de una chica. El cuerpo fue encontrado por el panadero de la zona. Al llegar con su furgoneta vio el cuerpo desnudo de la joven al pie de unos arbustos en el camino de la entrada del pueblo. Por suerte no tocó nada, nadie tocó nada hasta que llegué yo. La Guardia Civil sí había acordonado la zona y sí había dado con los familiares de la chica, que estaban desolados.
–¡El Silverio! ¡Ha sido el Silverio!– gritó alguien a mi llegada.
El cuerpo conservaba aún algo de color y no presentaba golpes ni heridas. El cuerpo, claro, porque la parte de atrás de la cabeza tenía un agujero de bala, de escopeta seguramente, que dejaba ver parte del interior del cráneo. No había marcas de forcejeo ni en el cuello ni en las muñecas.
–Parece ser que ha sido violada, inspector– me dijo uno de los guardias.
–¿Violada? –me acerqué más, y en efecto, lo que parecía ser semen reseco salía de la vagina de la joven– Es curioso, no parece haber signos de forcejeo, ¿sería violación o consentido? También podría haber sido drogada, necesitaremos un análisis.
–Eso podría llevar unos tres días, inspector.
–Justo lo que necesito para recabar información en el pueblo. ¿Quién es el tal Silverio que han mencionado antes? Iré a verle.
–Vive en una choza en las afueras del pueblo, por aquí le conocen como el loco.
Choza era decir mucho, eran cuatro tablones colocados sobre el suelo. La zona olía a mierda, lo que me hizo suponer que allí dentro no había cuarto de baño y ni falta que le hacía a su ocupante. Estábamos en un alto, a unos 2 kilómetros del pueblo, el cual se podía divisar perfectamente. Llamé a lo que supuse que era la puerta y la abrió un tipo alto, delgado, algo estrábico, de aseo descuidado. Debido al calor, imaginé, sólo llevaba puesto un peto. Me invitó a pasar sin decir nada, sólo con un gesto. El interior de esa choza era tremebundo. El calor era asfixiante, había un camping gas que haría sus veces de cocina y un par de barriles llenos de agua. Un catre al fondo, que prácticamente estaba a mi lado, y se veían perfectamente manchas e insectos muertos. Una radio sobre una estantería y a su lado libros, varios libros y de temática variada. Alicia en el país de las maravillas de Carroll, Dune de Frank Herbert, un tratado de herbología, otro de biología, las Novelas Ejemplares de Cervantes, La isla del Tesoro de Stevenson, el Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels, un libro sobre taxidermia y más, muchos más. Al menos sabía matar el tiempo. Me senté en una silla de mimbre frente a una mesa sucia.
–¿Quieres tomar algo?– su voz sonó firme, pero en parte amable.
–No, gracias– no me quería arriesgar a coger una infección.
–Sé por qué está aquí, es por lo de esa chica. No fui yo.
–De momento no es usted sospechoso, sólo estoy investigando. ¿Conocía a la víctima?
–Los conozco a todos, esa es la Paramio. No le voy a decir que me da pena, porque no me da ninguna, ni ella, ni nadie del pueblo, podrían acabar todos así– y escupió en el suelo.
–¿Tiene usted armas?
–Una escopeta, pero la uso nada más que para cazar zorros y liebres, alguna perdiz para comer, poco más. Los disparos me asustan al ganado y eso se nota, ¿sabe? No dan la leche igual.
–Respecto a lo que ha dicho antes... ¿qué problema tiene con los habitantes del pueblo? ¿o qué problema tienen ellos con usted?
–Es más bien eso último. No vivo aquí, lejos, por placer, pero alguien tiene que vigilar desde arriba, y así no escucho sus canciones.
–¿Qué canciones? ¿vigilar?
–Sí, sí, todas las canciones que cantan esos niñatos. En invierno esto es pura paz, pero llegan todos en verano... “Silverio, Silverio, un ojo aquí, y el otro en el cementerio”, y vienen aquí a las afueras a beber y a corretear, y me asustan al ganado, y eso se nota, ¿sabe? Son maleducados, irrespetuosos, y pasa lo que pasa...
–Pero y lo de vigilar ¿qué?
–Ah... la naturaleza, sabe– entonces el ojo bizco se puso completamente negro y me miró con el ojo sano–:
Como el rojo sudando
sobre el negro y blanco,
no se queda nadie fuera
somos su sangre y tierra.
Repitió esto varias
veces. No diré que no me asusté, porque estaba prácticamente
acojonado. Lo siguió repitiendo varias veces, con el ojo negro
completamente, mientras se levantaba y me indicaba con señas que
saliese de la casa. Por lo que sabía, tomaban a este hombre por
loco, y eso podía ser el significado, lo quise achacar a eso, al
calor del verano y a las malditas chicharras que vuelven loco a
cualquiera con su cantar. Al salir eché un vistazo alrededor, no me
fijé hasta entonces que el pueblo quedaba fuera del monte, donde
había un frondoso bosque.
De ese frondoso bosque
salió una persona corriendo. No pude distinguir edad, pero sí sexo,
era una chica. De vez en cuando echaba la mirada hacia atrás, como
si mirase a un perseguidor que no aparecía. Corrí hacia ella.
Vacas, unas cuantas vacas se iban a interponer en la carrera de la
chica, también en mi camino, pero no en el de un perseguidor que no
aparecía. El césped estaba húmedo y resbaladizo, pero hacía
calor, había sol, y pese a todo estaba nublado. Las vacas no se
inmutaban por la carrera de nadie. Vi a la chica a escasos metros,
pero ella no me vio a mí. Se metió por debajo de una vaca, y otra,
y otra, tal vez para ocultarse. La perdí. Me tiré al suelo y me
llené de verdín. ¿Dónde estaba? Escuché un disparo. Vi a
Silverio, a lo lejos, con la escopeta humeante. Me vio y se empezó a
acercar, pero a medio camino se detuvo, se agachó y alzó lo que
parecía ser una perdiz. Me puse de pie e intenté localizar a la
chica, pero encontré algo más interesante: sangre en una vaca, y no
es que estuviese herida, sino que alguien se había limpiado sangre
en ella. Algo desconcertado, decidí volver al pueblo a hablar con
los padres de la chica.
Cuando llegué, la
Guardia Civil estaba con ellos. La madre lloraba y el padre la
abrazaba. Él no derramaba ni una lágrima, pero tenía el gesto
torcido. Llevaría la procesión por dentro. Me acerqué para saludar
y darles el pésame. Al darme la mano, noté que él la tenía
pegajosa.
–¿Puedo hablar con
ustedes un momento?
–No creo que sea
buena idea– me dijo un Guardia Civil.
–Sí, sí, no es
molestia– contestó el padre–. Pase y siéntese. ¿Quiere tomar
algo? ¿café? ¿agua?
–Agua estará bien,
gracias. ¿Saben dónde estuvo su hija esta última noche?
–De fiesta suponemos,
bebiendo, como todos– sólo contestaba el padre, la madre estaba
como ida por el dolor–. ¿Ha hablado con Silverio? Seguro que ha
sido ese hijo de puta. ¿y con los amigos de la niña? ¿saben ellos
en que momento de la noche se separó? ¿cuándo y dónde pudo ir?
Esa era la clave, los
amigos, preguntar a sus amigos, pero ya lo haría mañana, ya había
sido un día raro y duro, y no quería molestar más a la gente. Me
alojé en una posada que no era tal, sino la casa de una señora del
pueblo que vivía sola y solía acoger a la gente. La señora tenía
un gato pardo con el que hablaba, pero quién era yo para juzgar la
solitaria vida de una anciana. Me preparó una habitación de lo más
rústico posible, con cabeza de ciervo colgando de la pared y todo.
Me tumbé en la cama a pensar en lo de Silverio y los padres hasta
que me quedé dormido. La luna brillaba demasiado detrás de las
cortinas rojas de club de alterne que lloraban la habitación.
Oí unos pasos cerca de
mi cabeza, corriendo descalzos. No recordaba haber llegado hasta el
bosque, pero allí estaba, o no. Vi correr a la chica otra vez. Esta
vez ella sí me vio y corrió aún más rápido. Me levanté para
seguirla, pero el padre de la chica muerta apareció y me dio un
golpe en la espalda que volvió a tumbar. Estaba lleno de sangre.
Silverio salió de entre los árboles y disparó al hombre en la
cabeza. El ojo estrábico se le puso negro y me dijo:
–Agáchate para
llegar a ella. Agáchate pero no la salvarás. Te salvarás tú. Es
lo que hace el río.
Eché a correr detrás
de la chica hasta que dejamos atrás el frondoso paisaje del bosque y
salimos a campo abierto. Sabía dónde estaba. De un momento a otro
eso se iba a llenar de vacas. La chica estaba algo lejos, pero la
tenía localizada. Efectivamente, empezamos a esquivar vacas, ella
miraba hacia mí de vez en cuando. Extrañado, miré hacia la que fue
mi posición esa misma mañana, pero no me vi. Claro, ahora estaba
allí. La chica se metió debajo de una vaca y desapareció. Me
acerqué a la vaca y no había nadie, tampoco estaba la huella de
sangre. Mis manos estaban limpias. Sonó un disparo y vi a Silverio
de lejos. Lo malo es que el padre estaba a mi lado, con la cabeza
abierta por detrás, tal y como la tenía su hija. Me fue a atacar y
lo esquivé. Él dio con la mano en la vaca y la manchó de sangre.
Yo me metí debajo.
Aparecí en la
habitación en la que me había acostado hace unas horas. El gato
pardo estaba allí. En un cascabel que colgaba de su collar estaba
grabado su nombre, Flint. Me miraba fijamente desde el suelo, cerca
de la puerta. Yo no me movía de la cama. Nos quedamos un rato así.
De vez en cuando el minino abría la boca para maullar, pero no
emitía ningún sonido. Me levanté y me acerqué. Flint no se
inmutó. Le empecé a acariciar y vi que algo raro estaba sucediendo.
Estaba disecado. Miré hacia la cama y estaba la chica, la misma que
perseguía, que resultó ser la chica asesinada. Irreconocible con
ropa y sin ningún agujero en la cabeza.
Me despertó la señora
que me había acogido gritando. Anunciaba que ya estaba el desayuno.
Me tomé el café agradecido mientras pensaba en el extraño sueño
que tuve anoche.
–¿Sabe si estarán
despiertos ya los jóvenes del pueblo? Quiero hablar con ellos.
–No creo, deles un
par de horas. Aproveche y dé un paseo por el pueblo, hombre.
–¿Flint está bien?–
pregunté por curiosidad.
–Sí, supongo. ¿Le
ha molestado esta noche?
–No, no, todo bien,
tranquilícese. Gracias por todo.
Salí de allí
dirección a la plaza del pueblo, al lado de la iglesia. Aún era
pronto, sin embargo, ya había algunos jóvenes por la calle. Pensé
que después de lo ocurrido no tendrían muchas ganas de fiesta. Una
chica rubia se me quedó mirando. Sacó un cigarro liado y se puso a
fumar. No sabía si era mayor de edad. Se me acercó. Cuando ya
estaba cerca pude comprobar por el olor que no se trataba de un
cigarro.
–¿Es el poli?
–El mismo. ¿Conocías
a la chica?
–Algo. Me llamo
Alicia.
–¿Estabas con ella
la noche que pasó?
–Al principio sí,
luego... –se quedó callada un tiempo que se me hizo eterno. El
humo del porro no ayudaba al ritmo.
–¿Qué? ¿se fue?
¿estabais con alguien más?
–Estábamos todos los
del pueblo, más o menos. Ella desapareció unos cinco minutos con un
chico, pero volvió. Nada grave, ya sabes, se liarían y ya está.
Aún no iba borracha. Supongo que por eso volvió tan pronto, se
daría cuenta de lo feo que era el chico. Entonces ya sí, empezamos
a beber a saco. Yo no estaba todo el rato con ella, pero sí en el
mismo grupo. Un chico, Carlos, sacó una baraja de cartas y propuso
jugar al strip-póker. Yo pasé, pero ella dijo que sí. Es raro,
nunca la había visto así. Se me estaba haciendo tarde, porque al
día siguiente madrugaba para ayudar a mi abuela, así que me fui.
–¿Dónde puedo
encontrar al tal Carlos?
–Vive al final de
esta calle, pero si no está en casa, estará en una cabaña que
tiene más abajo, ya en el río. Si va allí, verá sus mariposas con
forma de corazón.
–¿Mariposas?
–Se me hace tarde,
tengo que irme.
Mariposas con forma de
corazón. Sería que el chico criaba insectos o algo así. Al bajar
hacia la casa del muchacho, vi al padre de la chica asesinada entrar
en la casa donde había dormido, la de la señora y el gato pardo,
Flint. También me di cuenta de que en el pueblo poca gente parecía
afectada por la muerte de la chica, salvo los padres, los demás
seguían con su vida. El pueblo no era muy grande, lo mismo no cabía
ni la tristeza allí. Por eso, en un par de pasos llegué a la última
casa, justo cuando un chico joven salía.
–¡Eh! ¿eres Carlos?
–pregunté acercándome.
No me contestó, me
hizo un gesto con la cabeza como para que le siguiera. No hablamos en
todo el camino. No sé por qué, porque tenía preguntas que hacerle,
pero él simplemente actuaba como si supiera lo que iba a pasar, como
si esperase encontrarme allí, en la puerta de su casa. Llegamos a la
cabaña. Era una choza parecida a la de Silverio, sólo que ésta no
servía para vivir, sino más bien como un almacén, tenía
electricidad y todo. Entramos y, sin decirme nada, sacó unos tarros
de cristal. En cada tarro había un nombre escrito. Cogió uno en el
que ponía Kyle y me lo enseñó. Dentro había una mariposa roja con las
alas abiertas. Tenía forma de corazón.
–¿Cómo lo haces?
–Con unas tijeras.
Corto sus alas para que tengan esta forma.
–Vaya –sabía que
eso que me estaba contando era una atrocidad, pero tenía otro tema
pendiente–. ¿A la chica le gustaban tus mariposas?
–Psé, vaya estrecha
–dijo con asco–. Pero yo no la maté.
–Nadie ha dicho que
lo hicieses. ¿Qué pasó mientras jugabais a las cartas?
–Psé, logré que se
quitara las zapatillas y la camiseta. Luego la llamaron al móvil y
se fue corriendo.
–¿Quién la llamó?
–No sé, creo que
dijo “ya voy, papá”, pero no estoy seguro. Habíamos bebido.
Ella iba bastante borracha para lo poco que bebió, pero cuando la
llamaron cambió por completo.
–¿Cómo organizáis
lo de la bebida? ¿cada uno tiene lo suyo? ¿se comparte?
–Se comparte, se
compra entre unos cuantos y luego lo guardo yo aquí, en la cabaña,
que tengo un congelador. Ella bebe con su amiga Alicia. Un momento...
–se le iluminó la cara– ¿cree que le pusieron algo en la
bebida?
–Es posible. ¿Quién
más entra aquí? ¿tú? ¿tu familia?
–Sólo mi tío de vez
en cuando, pero no suele tocar nada. Nada de lo mío. Él también
guarda aquí algunos aperos y tal.
–¿Quién es tu tío?
–Pffff... –bufó
con un poco de vergüenza–, Silverio.
Cuando dijo el nombre, el tarro de Kyle se le resbaló y cayó al suelo. Con dificultad, la
mariposa salió volando por un ventanuco que había en la cabaña. El calor estival era asfixiante en ese pueblo, y el padre de la chica me debía una explicación, o más de una.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




