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domingo, 24 de noviembre de 2019
domingo, 17 de noviembre de 2019
Como en los poemas esos
Te la pasarás viniendo
como viene la luna roja en Lorca;
siendo el sueño para los desvelos,
el botón que vuela de la camisa rota.
Me la pasaré bebiendo
para venir de grana y oro;
temblando en tus mejillas los riachuelos
que mueren con la noche de tus ojos.
Sin estribos ni riendas,
el alborozo de tu pelo en mis yemas.
Quedarme como el musgo en las piedras,
mojarme en la fuente de tus piernas.
Me las pasaré afilando,
que no traen nada bueno, los puñales;
siendo su hoja el espejo destrozado
donde se reflejan siete anillos y collares.
Te las pasarás corriendo
como un toro y como el agua que nunca nace;
que eres preciosa y yo solo el viento
que te llama antes de que los gallos canten.
Sin jinete y desbocado,
pero esta vara de mimbre para azotar tu campo.
Quiero ser la sangre sin heridas de tus labios,
el sol de un cielo del que te has escapado.
sábado, 9 de noviembre de 2019
Como en ese relato de ese escritor
Estaba pasando el día en la feria. No era una gran feria, era más bien cutre, con atracciones feas y oxidadas, o tal vez esas fuesen las personas, no sé, no lo recordaba muy bien. Estaba oscureciendo y mi piel reflejaba luces de colores, como si fuese yo un pobre payaso desdibujado, emborronado, como cuando la sangre no sale de las paredes que se caían encima cuando intentaba dormir. La música alegre se mezclaba con el ruido que hacían algunos niños al reír, algunos padres gritar y muchas máquinas trabajar. Atracciones metálicas y veloces, máquinas de algodón de azúcar huracanadas y mareantes, explosiones entre cuatro cristales y ¡pum!, palomitas. Sí, estaba pasando el día, o la tarde ya, en la feria, simplemente por pasear un poco.
–¡Pasen y vean! ¡Pasen y vean al mismísimo diablo! –gritaba un tipo con bigote, vestido de manera circense, estrafalaria, como en ese relato de ese escritor que tanto gustaba a los adolescentes que creen que pueden ser como él por juntar las palabras “polla”, “coño” y “cerveza”. Estaba junto a una carpa con un cartel que ponía “Ver al diablo, 3 euros”. Me acerqué –. ¿Se atreve a ver este prodigio de la naturaleza?
–¿Por qué no?
Pagué y atravesé las cortinas pesadas de la carpa. Pero esto no era como en el relato ese de ese escritor que alardeaba siempre de sus piernas y de joder con mujeres. Aquí no había ninguna jaula con nadie dentro. Había un espejo. Ni me acerqué y salí.
–¿Qué ha visto? –me preguntó el tipo estrafalario. Yo le agarré del pecho.
–¡Devuélveme el dinero, hijo de puta!
–¿Qué había en el espejo? ¿Ha visto al diablo? ¿No se ha atrevido a mirar? No tiene usted pinta de cobarde... ¿acaso es un cobarde? ¡Pasen y vean al amigo cobarde del diablo! –se puso a gritar. Yo no era un cobarde, le había aguantado unos asaltos a Hemingway. Le solté y me dirigí a la entrada, pero el hombre me gritó mientras se atusaba el bigote y se colocaba la pechera –. ¡Oiga! Ver al diablo son 3 euros.
–¡Váyase a la puta! –pero pagué.
Entré, y al fondo de la carpa, como antes, había un espejo colocado. Me asomé y mi fea cara me devolvió la mirada. Eso no pasaba en ese relato, no. Así que ese era el diablo, quería decir. Salí para pegar al tipo.
–¿Qué ha visto esta vez? ¿Se ha asomado en el espejo? ¿A quién a visto?
Le volví a agarrar de la pechera y levanté el puño. Con la mano apretando el vacío y dispuesta a cortar el aire, me paré. Tal vez tenía razón, y si continuaba así, se la iba a acabar dando. Así que era el diablo, quería decir. Le solté y me volví a casa, a mí no me esperaba nadie allí, ni Teresa, ni Vicki, ni Cass... Joder, no me esperaba nadie, ni una cerveza. No, no era como en ese relato de ese escritor, el de las almorranas, los caballos y el whisky barato.
domingo, 3 de noviembre de 2019
Cartas desde la celda
No sabía qué había hecho mi compañero de celda, pero era un buen tipo. Seguro que no era un violador o un hombre de esos que toquetean a los niños, esos están en otro módulo para evitar que el restos de presos les den palizas. Si mi compañero de celda fuese uno de esos yo mismo le metería la pata de la cama por su hediondo y jodido culo. Pero no, no lo era, era un buen tipo, aunque era una bondad extraña, curiosa y desconcertante, algo deprimente, como si tuviese que ser bueno porque no sabe hacer otra cosa, aunque ahí estaba, en la celda conmigo. Era una bondad salida del alma, pero su alma parecía haber sido llevada por todo su cuerpo utilizando un rastrillo oxidado.
Había bastante que hacer allí durante el día como para no aburrirte, siempre y cuando quisieras aprovechar bien el tiempo. Biblioteca, cursos para estudiar, gimnasio... Me llamaba la atención un curso de repostería, pero el resto de presos decidió que a ese curso solo iban los “maricas”, y no es porque me lo llamasen, sino por lo que les hacían a los “maricas”... no era plato de buen gusto, así que me olvidé de hacer bollos. Tampoco podías esperar algo bueno de aquel agujero. A mí me gustaba ir al gimnasio y, nada más terminar, echarme un cigarro. Mi compañero, el buen tipo, se dedicaba a escribir.
–¿Y para quién escribes? –le pregunté la primera vez que le vi hacerlo.
–Para mi chica. Diablos, sí que la echo de menos –me contestó mientras bajaba la cabeza y el pelo negro azabache le ocultaba parte de la cara. Era un tipo atractivo, de piel morena y los dientes bastante blancos, los ojos muy oscuros pero brillaban como un charco de barro reflejando el sol que sale después de la lluvia. Algo delgado, pero atractivo, no me extrañaba que tuviese novia.
–¿Cómo es ella? Cuéntame, va –dije mientras me liaba un cigarrillo.
–Maravillosa. Es rubia, con media melena, ojos de color miel, y no es casualidad, porque tiene los labios rosas y dulces... algo blanca de piel, y de cuerpo delgada, algo desgarbada, la verdad, pero bueno... Diablos, la echo de menos de verdad.
–Seguro que es guapísima, ¿y qué le escribes en esas cartas?
–Simplemente que me acuerdo de ella. Durante la semana apenas nos veíamos, ¿sabes? Pero llegaba el viernes y salíamos a cenar, el sábado al cine... en invierno podíamos estar en casa metidos debajo de una manta, ya sabes, follando... bueno, haciendo el amor, por muy cursi que suene...
–Bah, tranquilo, está bien.
–Y con la primavera y verano, pues ir a parques a tumbarnos en el césped, vaya aroma, se mezclaba la vainilla de su pelo con los rosales, como... un arco iris para la nariz, ¿sabes? La echo de menos, y se lo digo. Echo de menos hacer cosas con ella, aquí apenas salgo de este cubículo.
–Eres un buen tipo. ¿Y qué te contesta ella?
–Nada, no se las envío.
–¿Qué cojones? Vaya puta mierda, ¿por qué?
–Me odiará, supongo. No solo escribo para ella, en parte escribo para mí, para no olvidarme de que hay un motivo fundamental para hacer las cosas bien, para no olvidarme de ella. No sé ni si me estará esperando, pero joder, espero que sí. La echo de menos de verdad. Llevo aquí dos meses y este sitio puede volver loco a cualquiera que se deje arrastrar por ese agujero donde meamos, el goteo por las noches, los golpes, las palizas en el patio, los sollozos de los que de verdad creen que son inocentes... te vuelve loco. Una vez a la semana nos escribo, así no me olvido. Cuando salga, si me ha perdonado, se las daré.
–Eres un buen tipo, seguro que lo hará... ten –y le ofrecí un cigarro.
Así pasaban los días, y conseguí que algún día viniese conmigo al gimnasio o a hacer algo de deporte, porque apenas salía de la celda o de la biblioteca, siempre detrás de los libros de poesía, las montañas más complicadas que se podían escalar eran esas, palabras y más palabras... yo no tenía ni idea de lo que hablaban, bastante que sé leer, escribir, beber y no cagarme encima, pero él lo entendía todo, a veces me lo explicaba, me decía “voy a usar esto de Neruda para la carta de esta semana” o “Benedetti a veces es un poco simple, pero también hay veces que da en el clavo, intenta leerte este”, y lo intentaba, pero me aburría enseguida, prefería aprender de él. Aprendí lo que era una metáfora, ¿a quién se le ocurría lo de las perlas de la boca de alguien? Pero bueno, poco a poco.
–Hoy me toca jardinería, no voy al gimnasio, te veo luego –le comenté durante lo que llaman desayuno, pero joder, en un cubo de basura se comería mejor, seguro.
–Yo iré un poco, a ver si me quito este dolor de espalda con algún ejercicio, aunque seguramente será por eso mismo, luego iré a la biblioteca.
Desde que le conocía, apreciaba más algunas cosas, como las flores, ya no es solo que oliesen bien, era su tacto, era suave, y algo de color aquí siempre venía bien, era, como decía él, una de las cosas por las que no volverse loco, cuida las flores, cuida el espacio, te cuidas a ti, y podía parecer una gilipollez hablar de flores o incluso de un puto arbusto en un sitio como la cárcel, pero era algo más que eso. Hasta el tipo más chungo de por aquí podía sangrar si agarraba mal una rosa. Hasta el tipo más duro de aquí tenía su propia rosa que le hacía llorar.
Pasé por la biblioteca pero no estaba allí, las montañas inexpugnables habían desaparecido como si una apisonadora de desesperanza se hubiese llevado todo lo bueno... joder, ya podía casi hablar como él. Me fumé un cigarro mientras atravesaba el patio. Un guardia amigo mío me llamó, era un imbécil, pero venía bien para conseguir algo de tabaco y otros favores. El típico gilipollas que se creía importante por tener chanchullos con los presos porque así le respetaban y lo único que hacía era pasarnos algunos cigarros y revistas porno. Un pobre diablo, un gilipollas al que años más tarde, cuando encerrado, se le acabó el chollo porque le pillaron. Echó a perder un buen curro. Vaya gilipollas. El caso es que me llamó.
–¡Eh! Se han llevado a tu compañero.
–¿En serio? No me jodas, ¿dónde? ¿por qué?
–Tu puto compañero tiene tela, ¿no te lo contó? Vaya pieza... 8 muertes. Lo mandan para Estremera.
Llegué a la habitación y evidentemente estaba vacía. Encima de la cama estaban las cartas y una más para mí. Me lo contó todo, o al menos su versión, y no es algo de lo que me apetezca hablar. Me pedía que, si algún día me soltaban, le llevase las cartas a su novia. No le quería juzgar, no lo hice y nunca lo haré. Leía las cartas a menudo para aprender algo. Diablos, juraría que me podría haber enamorado de su novia solo por cómo hablaba de ella. De él nunca más volví a saber.
Pasaron dos años. Tenía más canas y ningún cigarro después del gimnasio me sentó tan bien como lo hizo el soplo de libertad al salir por la puerta. La tierra debajo de mis pies era color miel, y diablos, era normal, porque la sensación era dulce como tal. Dos días después me encontraba en la puerta de la casa de la chica con un taco de cartas amarillentas y llamé a la puerta. Me abrió un tipo alto y engominado con camisa azul y unos chinos marrones, ¿quién iba así por su casa? Antes de que él dijese algo, salió ella de detrás, no la había visto nunca y sabía que su pizza favorita era la cuatro quesos y vaya, sí que olía a vainilla.
–¿Quién es este tipo, amor?
–No sé, acabo de abrir, ¿puedo ayudarle en algo?
–Disculpen, me he equivocado – contesté.
miércoles, 30 de octubre de 2019
Abierto por defunción
Ya estaba despierto antes de que sonase la alarma, así que la paró enseguida. Cuando todo estaba en silencio un ruido fuerte le molestaba, como si perturbase su paz, o la paz de su piso pequeño y vacío. Eran las 5:30 y daba igual horario de verano o de invierno, siempre era de noche cuando se levantaba. A oscuras fue al baño, ya estaba acostumbrado a la imagen de sí mismo que tenía nada más despertarse, así que el tipo del espejo le dio igual. Le costó mear con la erección con la que siempre amanecía, “la naturaleza”, supuso. Por la noche había dejado la cafetera trabajando, se puso una taza de café caliente. No comía nada, a esa hora apenas tenía hambre y el café entraba de milagro. Se lavó la cara, se lavó los dientes, se peinó un poco y se vistió. Otro día más al trabajo.
“A ver qué dice la radio” se dijo a sí mismo nada más arrancar el coche. No era invierno aún, pero hacía el suficiente frío como para que saliese algo de vaho con un poco de su alma. A esas horas apenas había tráfico, así que el locutor solo le narraba algunas noticias durante los 20 minutos que tardaba en llegar al tanatorio, cosas sobre las inminentes elecciones, “otras” pensó, y desgracias al otro lado del mundo. Su trabajo era sencillo, era camarero en el bar de allí. Intentaba estar animado y de buen humor, atender con una sonrisa a los clientes que ya de por sí lo estaban pasando mal. Su chiste estrella para los primeros clientes: “Pase, hoy abrimos por defunción”, y la gente, lejos de tomárselo mal, le devolvían una sonrisa. Como camarero en un sitio así estaba acostumbrado a escuchar historias de todo tipo, y ya casi era un experto en consolar a las personas.
Esa mañana las primeras personas en entrar fueron una mujer mayor, unos sesenta y pico, rubia teñida, sin maquillaje y sollozando,Los ojos nunca se veían, siempre llevaban gafas de sol; una chica joven a su lado, su hija tal vez, semblante pálido, ojeras, pelo castaño y lacio, pero no lloraba, sus ojos del color del cielo después de la lluvia no tenían brillo ni expresividad; y un hombre mayor también, pelo canoso y barba un poco más oscura, serio.
–¿Qué desean? –preguntó el camarero.
–Tres cafés con leche, en vaso, uno de ellos descafeinado, por favor. –pidió el tipo.
–Enseguida.
La máquina se puso a funcionar, a soltar vapor y él se puso a cambiar filtros, dar a manivelas y observar al resto de personas que entraban. Acababa de empezar el día.
–¿Quieren algo más, algo de comer?
–No gracias, así está bien, ¿cuánto es?
–Tres euros, y lo siento mucho.
–Gracias.
Se sentaron en una mesa y él siguió atendiendo. A esas horas casi todo el mundo pedía cafés porque tan temprano lo normal es haber estado toda la noche en vela llorando al fallecido. Algún zumo de naranja “será por las vitaminas, supongo”, y cola caos si venía algún niño. La mañana pasó sin más, entre cafés y pinchos de tortilla, entre pésames y sonrisas vagas. De vez en cuando pensaba que su trabajo, en parte, era un poco malévolo, tenía un lado oscuro, y es que a más gente muerta, más consumidores en la cafetería. Si su trabajo le parecía gris a veces, no quería imaginar los que trabajaban “arriba” con los cadáveres. “No hablarán mucho en el trabajo” se reía. Pasó ya el mediodía cuando volvió a bajar la chica del café, la primera clienta.
–Buenas, ¿qué te pongo?
–Eh.. un plato combinado, el número 2, por favor.
–Marchando. ¿Qué tal vas? –se atrevía a preguntar porque su experiencia le decía que la mayoría de las personas que había allí quería hacerlo, quería desahogarse, buscaba un poco de conversación que no fuese el típico “lo siento”.
–Bueno, qué te voy a contar que no hayas oído trabajando aquí –y sonrió un poco.
–A ver, has pedido el plato combinado número 2 que no pide casi nadie porque lleva calamares con ensalada y dos huevos fritos, desde que te has sentado en la barra he escuchado algo que no había oído –y ella soltó una carcajada–. En fin, ahora mismo lo traigo, mucho ánimo.
–No estábamos juntos, ¿sabes? Pero aún así... qué mal, qué horror. Ves que cosas así pasan a menudo y nunca piensas que vayan a tocarte tan cerca. Solo hacía 3 meses que lo habíamos dejado y ahora ya...
–Pues dice mucho de ti que estés aquí y honres su memoria, de verdad. Si algo he aprendido trabajando en este sitio es que decirte “hay que seguir adelante” no sirve de nada, todos necesitamos un tiempo de duelo, pero ten cuidado, es normal estar triste, no es normal hacer de esa tristeza tu día a día. Él no lo querría. Acordarse de los fallecidos es bueno, echarles de menos también, desear que vuelvan... no tanto. También he aprendido que ir de negro aquí es peor aún, pero bueno, tradiciones... En fin, a la bebida invita la casa.
–Gracias –y se puso a comer en silencio–... oye, ¿a qué hora sales?
–A las 18:00, todos los días, menos los fines de semana que libro.
–Estoy en la sala 22, me vendría bien tomar algo después.
–Ah, bueno, vale... yo... solo tengo el uniforme del trabajo, pero sí, vale.
“¿He quedado con una chica que acaba de perder a su ex?”, llevaba seis años trabajando allí y nunca le había pasado. “Será el dolor o el encanto de estas paredes marrones, o seré yo, que de vez en cuando me lo merezco”, pensaba mientras limpiaba vasos. Miraba el reloj que tenía en frente, las 15:30 aún. Recogió algunas mesas mientras su pensamiento ya no era tratar de hacer sentir bien a los clientes, sino en intentar sentirse bien él mismo. Las 16:20, estaba poniendo algunos copazos la gente allí bebe más que en otros sitios.
–Llénala bien, niño... Total, hoy no tengo a nadie que me eche la bronca al llegar a casa borracho y apestando a DYC –y tras decir esa frase, un hombre de unos ochenta y tantos se puso a llorar y a gritar–. ¡Qué solo me has dejado, hija de puta! ¡Qué solo, mi Maribel!
Aparecieron unos chicos más jóvenes, los hijos supuso, y se lo llevaron, empezaron a pedir disculpas. No había por qué darlas, poco se rompía la gente allí. Mucho traje negro, mucha alma más negra aún. La tormenta de ese hombre no era más que un nubarrón en el cielo del resto de personas, del mundo, por eso se lo puede permitir, eran personas, en todas las bolsas viene una pipa pútrida y asquerosa que te deja mal sabor de boca.
–¡Eh! Llama la atención a aquel hombre de allí, que está fumando –le dijo su jefe.
–¿No le podemos dejar? A veces lo necesitan...
–Sabes que no, macho...
Le iba a negar un cigarro a un hombre que lo mismo acababa de perder a su mujer, o a su hijo o hija o quien fuese, pero había perdido a alguien.
–Disculpe, señor, no se puede fumar aquí.
–Joder, es que fuera está lloviendo.
–Lo siento, caballero, son las normas.
–¿Normas? –dijo el hombre de pronto mientras se puso de pie, tiró lo que quedaba del Marlboro al suelo y lo pisoteó con la punta de su zapato bastante caro seguramente– ¡A tomar por culo las normas! ¿Dónde hay una norma que diga que un padre tiene que enterrar a un hijo? ¿Por qué un puto yonki le puede apuñalar y desaparecer y yo tengo que estar aquí sin fumar?
–Yo...
–¡Estás aquí! –era la chica de los ojos del cielo después de la lluvia– Lo siento, vámonos Fernando, por favor. Perdón, es mi ex-suegro...
–Tranquila, no pasa nada.
–Te veo luego –susurró cuando Fernando ya estaba algo más lejos y calmado.
Escenas como esa y la anterior había bastantes al día. El camarero empezaba a pensar de manera gris, “la muerte me trae dinero y ahora una chica”. Le quedaba media hora, recogió algunos tercios vacíos y se fue a seguir poniendo cafés. Seguían abiertos por defunción.
domingo, 27 de octubre de 2019
Porque me hieres
Tú soltaste la cuerda, yo me até más fuerte.
Si iba a ser el último beso, lo habría dado para siempre.
Avive el seso las pesadillas del que duerme
por sufrir yo la condena del crimen que tú cometes,
que todo esto sucede porque me hieres.
Me clavo en las espinas mientras tú floreces.
Te hubiese dibujado si esas iban a ser las últimas miradas.
Me desentraño de otros daños para que te quedes
y estiro mis brazos por si al arraigar te salen alas,
que todo esto sucede porque me hieres.
Tú nadaste las lágrimas, yo me ahogo cuando crecen.
Me hubiese desollado las manos en las últimas caricias.
A cualquier cosa lo llaman ser diosa pero tú bebes
y crecen los mares pero naufrago en mil islas,
que todo esto sucede porque me hieres.
Tú soñabas despierta y a mi esta realidad me enloquece.
Te encendería el infierno con tal de que no sea tu último aliento.
Henchidos los pulmones por los empujones del que muere
y quiere vivir sabiendo que es mejor eso que ningún sentimiento,
que todo esto sucede porque me hieres.
Me voy haciendo de aire al caer para que tú vueles.
Si iba a ser el último mordisco te hubiese arrancado la piel.
Giman de eco las paredes que vieron cómo me quieres,
encadenados, siendo pecado y salvación a la vez,
que todo esto ya no sucede porque me hieres.
martes, 22 de octubre de 2019
Sabor, saber
No sabía cómo podía estar vivo a estas alturas de la película (o de su vida). Llovía y no sabía si olía a humedad o era el insufrible hedor de alguien que dentro de poco iba a ser irrelevante para algunas personas. “Como todo, como todos” pensó. Llovía, y afuera también y no encontró mejor momento para hacerlo. Se echó un vistazo en un espejo con una esquina rota. Si lo había roto él, entendía tanta mala suerte; si no lo había roto él, se la estaba llevando igualmente. Tenía en la mirada un infinito que solo conocen los que sí que han llegado a su fondo. Un negro mate, sin brillo ni ilusión le devolvía la mirada. Torció el gesto. “Si esperas cambios, no van a venir aquí, mirándome”. Esperaba que pasase algo, pero no sabía el qué. Se alejó del espejo, pues el tipo que estaba viendo allí le estaba dando lástima. La sacó. “Sería horrible que el último sabor que tuvieses en la boca sea el del metal y no el suyo”. “¿Y en la cabeza? Pero eso a veces no sale bien, y es una visión horrorosa”. Fue a un aparador de madera que había en la sala de estar, abrió el segundo cajón y cogió una saca púrpura que tenía de no sabía qué, pero allí estaba. Se la puso en la cabeza y no sabía qué le iba a matar antes, si el disparo o la asfixia. El sabor a que te falte algo y tener la boca seca tampoco era agradable. Se la quitó y respiró frío. Con los pulmones helados pensó fríamente “hoy no”.
Quería quitarse esa pesadumbre de encima. Salió a la calle y las hojas, mojadas, no crujían bajo sus pies. Miró hacia arriba y mientras la fina cortina de lluvia le cerraba los ojos pensó que a partir de ahora solo iba a tener pensamientos positivos sobre lo que se encontrase. Pasó cerca de un coche y un gato salió corriendo, o intentándolo. Cojeaba, estaba mojado y tenía un ojo rojo y lleno de legañas. No tenía muy buena pinta. Era blanco con manchas marrones. Del coche fue directo a la boca de una alcantarilla donde en ese momento desembocaba un riachuelo de agua gris de lluvia y que hacía que el gato no se atreviese a entrar. Los dos solos se miraron. Maulló y él se acercó. “Sé positivo, sería mucha mala suerte que te pegase una puta enfermedad”. Lo consiguió coger y el gato apenas puso resistencia. Era martes y el veterinario estaría abierto.
–¿Qué le pasa a este pequeñín?– dijo una mujer con bata blanca cuando entró. Tanta pared blanca le dolía en los ojos. Los fluorescentes no ayudaban y el tono agudo repelente de esa veterinaria le volaba los sesos, como si no lo hubiese intentado.
–Me lo he encontrado así bajo la lluvia...
–¿Tienes pensado quedártelo?
–Sí, claro– “los cojones, si no sé ni cuidarme a mí mismo, qué voy a hacer con una criatura a mi cargo”, pero ya era tarde y estaba rellenando una ficha con sus datos. –También cojea un poco, no sé qué será.
–Tranquilo, mi ayudante se encarga.
Si no hubiese sido como era él, se hubiese fijado en la joven. Media melena castaña caía como un pequeño mar de chocolate que iba a morir en sus hombros. Llevaba también una bata blanca y un pijama verde algo más oscuro que sus ojos. Para no fijarse en ella se quedó bien con esos detalles. La chica sonrió y los labios, muy finos, desaparecieron por un instante.
–¿Qué le pasa a este peludito? –preguntó mientras se lo llevaba.
–Usted puede esperar aquí un momento, intentaremos no tardar.
–¿Le importa si voy mientras al cajero de enfrente?
Antes de que pudiese contestar, salió de la tienda. Se encendió un cigarro y el sabor a nicotina le llenó la boca y los pulmones. “¿Qué cojones acabo de hacer?”. Pero tal vez ese era el cambio que necesitaba. “La gente a veces espera grandes cambios, un viaje de locura, dejar un trabajo, casarse o tener hijos, yo... tengo un gato”. Sonrió un poco mientras iba al cajero. Iba pensando nombres. “Metal está bien, prácticamente es lo único que casi desayuno esta mañana, o púrrrrpura” y se rió de su chiste. Metió la tarjeta en el cajero, no sabía cuánto podía costar el veterinario, así que sacó 300 euros. “Espero que sea suficiente. Le podría llamar otoño. Otoño está bien”. Se dio la vuelta mientras guardaba el dinero.
–Los trescientos euros, ahora– ni siquiera vio al tipo, solo vio una navaja apuntándole.
–Oye, espera, tranquilo...
–¡Que me los des, hostias!
Le supo la boca a metal. A óxido más bien. Se apoyó contra la pared mientras se agarraba el vientre. El tipo se largaba con su cartera. Apenas le vio, solo la navaja. La sangre le salía por la boca mientras intentaba no toser, pero sabía que ese sabor que le llenaba la boca no traía nada bueno. Echó la cabeza hacia atrás y, si fuese una película, la cámara se alejaría hacia el cielo mientras la sangre pierde color al ser diluida con el agua de la lluvia. No dejaba de llover, las nubes grises reclamaban lo que era suyo por propio derecho en otoño. La acera gris dejaría de serlo, aunque fuese un poco.
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