lunes, 27 de enero de 2020

Todas las mañanas desde entonces


     Sonaban los árboles, y las ventanas. Bailaban las hojas con toda la mierda que la gente tiraba al suelo. Fuera debía hacer un viento de la hostia. Bailé yo también por el laberinto de calor que eran las mantas y rebusqué las gafas por la mesita mientras me estiraba y el cuerpo crujía como estaban crujiendo las ramas de los esqueletos vegetales que estaban fuera. Veía ya mejor y ya hace tiempo que no cojo el móvil nada más despertar porque apenas espero mensajes. Porque los buenos días este invierno son días sin más. Dudé si salir de la cama, pero joder, tenía que hacerlo, no porque me hiciese pis, no por el poco hambre, ni siquiera porque tenía que trabajar, simplemente en la cama no me retenía(s) nada y la vida sigue como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, como en la canción esa.

     Aún así desayuné, y me lavé los dientes automáticamente, y me vestí automáticamente sin importarme mi aspecto, llevaba pantalones, y jersey, y botas, y cazadora. Y salí a plantarle cara al frío, total, ya lo llevaba haciendo unos meses. Metí las manos en los bolsillos y me di cuenta de que en el izquierdo tenía un agujero. “¿Habré perdido muchas cosas?”, me pregunté. Más besos habrás perdido por no saber decir “te necesito”, me contestaron los auriculares. Ni siquiera me había dado cuenta de que aún era de noche. El nuevo fascismo es ir a trabajar cuando aún no es de día. Era tan de noche que aún había gente en la calle que no se había acostado, “¿qué puta hora era?”. Había dos tipos delgados en un banco de piedra, seguramente con el culo más frío que la litrona que se estaban tomando. No hablaban, solo fumaban algo que no era tabaco y se pasaban la cerveza uno a otro. Uno levantó la vista.

     –¡Qué te pasa, payaso!
     –Nada. Ese es el problema, nada.
     –¡Qué dices! ¿quieres dos hostias o qué?
     –¡Hostias! Deja, deja –le dijo el otro mientras se ponía de pie, no sabía cómo podía mantenerse. Olía bastante mal–. Si es...
     –Sé quien mierdas es... sácanos en un relato de los tuyos, ponme que soy ingeniero, o algo, niño, a ver si a mi vieja le hace ilusión.
     –Ya, bueno... –y seguí caminando pensando en mis bolsillos.

     Jugueteaba con el agujero, sin connotaciones guarras ni nada de eso. Y bueno, estaba en el andén, rodeado de cadáveres poco exquisitos, más bien grises, más bien podridos. Y yo no sé si lo hice mal, te dije sin querer, pero bueno, siempre podría mejorar. Había caras conocidas en el vagón, las de todas las mañanas, y nos mirábamos pero no nos saludábamos, porque no tenía mucho sentido hablar con desconocidos, pero nos estábamos perdiendo historias tan bonitas, y no sé si hablaba de nosotros o de la gente. Una vez conocí a una chica con el pelo morado, y un chico que se enamoró de ella, incluso una vez me conocí a mí mismo. No sé qué otra función puede tener el metro: costumbrismo, enarmorarse cada pocos minutos, comprobar la bondad de la gente, comprobar la maldad de la gente, incluso hay quienes estudian, o peor aún, hay quienes lo usan para llegar a su destino. Pero llegó, pitó, calló al músico (qué mal) y la gente subió. Y la mayoría iba de negro, de gris, de marrón.

     Cogía ese metro a menudo. “¿Y si algo del bolsillo se me ha caído aquí algún otro día?”, sin embargo, me pinché el pulgar con algo del derecho. Salió una gota de sangre. Y otra. Notaba el forro del bolsillo húmedo y caliente, sin connotaciones guarras ni nada de eso. Saqué la mano corriendo y un chorro fino de sangre manchó el cristal del vagón, como en una peli de Tarantino, que no me gustaba, pero algo he tenido que ver alguna vez (inserto un “gracias” irónico aquí). La gente cuyas caras me sonaban se escandalizaron, y la sangre seguía salpicando, y la gente de las caras se manchaba, y veía esa mirada familiar de entre pena y preocupación, la conocía tan bien, era la de todas las mañanas desde entonces en el espejo. Y la sangre no paraba y alguien tiró del freno, de momento no del de la vida. Y el tren paró en mitad de un túnel, pero no el que tenía pensado seguir. Me caí al suelo, estaba perdiendo mucha sangre y la gente gritaba. Realmente no fue tan vertiginoso como lo estoy contando porque solo era un chorro muy fino, pero vaya potencia. “Ya está, es el final”, pensaba. La gente llena de sangre no se ponía a follar como en el vídeo de pereza, sino que se preocupaban (parecía).

     –¿Y quién ha dado al freno? ¡Llego tarde al trabajo! –gritó alguien.
     –¡Gracias, hijo de puta! –solté entre mis posibles últimos estertores.
     –¿Pero con qué se ha pinchado para sangrar así? Mira a ver el bolsillo con cuidado –dijo una mujer común de mediana edad.
     –A ver... en el izquierdo hay un agujero, así que no hay nada...
     –Es el derecho, imbécil –dije apuntándole un chorro de sangre a la cara.
     –¡Ah!, pues... otro agujero, qué raro.
     –Raro no, joder, ya has visto cuánto te mata el vacío.

     Pero en fin, sobreviví, tal vez lo exageré un poco. Sabía que no era el final porque aún no había contestado a la pregunta que me hacía todas las mañanas desde entonces: “¿Por qué no nos morimos juntos?”, pero sin romantizar el suicidio ni nada de eso, más bien después de mucho tiempo, o sea, bueno, creo que se entiende... y yo ni quería escribir hoy, pero María lo estaba intentando y he tirado de escritura automática. Yo he empezado a escribir serio, y bonito, y he acabo con un dedo sangrando a lo bestia y hablando sobre lo de siempre. Como todos los días desde entonces, supongo.



domingo, 5 de enero de 2020

El rey de los atunes


Despertar en una yurta junto a una luna
que no me ha dejado dormir.
No hay más fortuna que nadar entre las tumbas
de un cementerio y no terminar de morir.

Porque te vi acostada a mi lado y no me creo
que estuvieses aquí.
Teniendo ahí afuera todo un mundo,
lejos de mis barruntos,
y ahora sabes qué quieren decir.

Se me atascan en la garganta voces de sal y agua
que dan de respirar al rey de los atunes.
Pidió besos en las mañanas, lenguas enlazadas
y brazos para que me acunes.

Hasta que te vi llorar y hubo luces de colores,
drogas de todos los sabores
y te arrimaste más, sonabas a música sin compás.
Hasta que me hiciste llorar y hubo ruido de tambores,
harapos para vestir los dolores
y te arrimaste más, sonábamos a música celestial.

Las palabras fueron avispas y fue todo tan deprisa
que me caía sin querer.
Es enero en tus mejillas, primavera de mentira
y rompernos nos sienta tan bien.

Porque vi tu mano aquí agarrada y no me creo
que estuviese tan suave
después de acariciar ortigas,
de labrar en las heridas
desde que llegaste.

Hasta que te vi reír y hubo luces de colores,
drogas de todos tus sabores
y te arrimaste más, sobraban el mundo y los demás.
Hasta que me hiciste reír y hubo ruido de tambores,
bebidas que celebran los amores
y te arrimaste más, sonábamos a música celestial.

Y siguen en la garganta y con los besos se espantan,
el agua, la sal y el rey de los atunes.
Pero que encuentren otra causa, guerras que se ganan,
aunque a veces un abrazo me abrume.



jueves, 19 de diciembre de 2019

Última noche en Arájova


     Nunca había pensado en lo solitaria que era una habitación de hotel cuando viajabas solo. No me quedaban muchas noches en ese encantador pueblo, pero ya estaba cansado de recorrérmelo. Apenas había escrito, así que podía considerarse el viaje como un pequeño fracaso más en mi vida, lo que no me sorprendió. Estaba tumbado en la cama y miraba la libreta casi vacía que había en una mesita, al lado, y que parecía que no me necesitaba para nada. Podría haber girado la cabeza y podrías haber estado tú al otro lado en la cama haciendo lo mismo. Fuera hacía un frío blanco que no dejaba ver a nadie por la calle. Me enderecé y me quedé sentado, como Bill Murray en esa película pero sin Scarlett. Me hice un té, me parecía cojonudo que en los hoteles hubiera teteras. No quise poner la tele porque más que hacer compañía, me molestaba su presencia, ni siquiera había visto el mando en todos los días que llevaba allí. Sonó el teléfono de la habitación, siendo eso lo más extraño que me había pasado últimamente junto al sueño de la otra noche.

     –¿Diga? –dije en español pensando que me iban a entender.

     Me contestaron en inglés algo sobre una cena especial esa noche. Aún quedaba bastante así que me abrí una de las cervezas que había comprado y me senté a intentar escribir algo decente, o al menos mejor que esto que estáis leyendo. No sé si la ventana estaba abierta o si había otra escapatoria, pero dejé irse a la inspiración de la misma manera que tú me dejaste marchar. Con el tiempo sabré darte las gracias por ello, pero de momento a la inspiración la quería al lado. Un verso. Una línea. Y otra. Y nada. Y no eran las vistas, que eran preciosas. Y no era el cerebro, que estaba descansado. Era la fruta podrida del árbol seco del dolor, que ya había sido exprimida hasta la saciedad y de estos huesos como ramas poco más podía sacar. Que rascando en el alma con la uña se mezclaban virutas de nuestras pieles, jirones de promesas que hacen crecer más y más centímetros la alfombra áspera como el futuro sobre la que caen. Y no sabía qué era. Y no era la cerveza, que no soy como los Extremo (QEPD), que no la bebo rubia para acordarme de ningún pelo. Si acaso la ginebra seca para hacerlo de unos besos, pero no era mi canción, ni mi letra, ni mi vida, vaya. Y así acumulaba palabras sin sentido, como todo el sentido que haya podido tener una vida como la mía últimamente.

     Paseé por el cuarto, me miraba al espejo, iba al baño, me miraba al espejo allí también y no me reconocía más que en el reflejo del agua del váter al abrir la tapa y mear. El del espejo dio un sollozo porque estaba siendo seguramente el segundo peor viaje a Grecia de su vida, y ni siquiera era real. Volví a la mesa a seguir escribiendo bien y bonito sobre la idea que tenía de ti, pero es que ya estaba todo dicho, así que opté por pasar esa página de la libreta y mirar la siguiente, en blanco, esperando a ser escrita pero sin prisa.

     Me duché sin más. Me vestí como si todo y bajé al restaurante. Joder. Claro que era una cena especial, como que era Nochebuena. Tantos días en blanco al final me parten el calendario. “Μεράκι, μεράκι me dijo el camarero cuando me vio. Sonreí y me senté en una mesa. Había bastante gente que apenas había visto en el hotel, así que tan solitario no sería. No tuve que pedir nada, el menú estaba cerrado. Antes de que trajesen la cena ya me había manchado la camisa de cuadros de gotas de vino que salpicaron cuando volqué la botella con ímpetu hacia la copa. Hacía calor y un Billy Joel heleno estaba tocando canciones tristes y dulces en el idioma de los dioses. La gente hablaba alto, se reía, bebía y brindaban con sus compañeros de mesa. Algunos se levantaban, me sonreían, brindaban conmigo, yo les devolvía la sonrisa (o lo que yo creo que es sonreír) y bebía con ellos. Y la música subía, y las luces de colores bajaban, y subían. La cena ya había terminado y los asistentes bailaban lo que el pianista tocaba y cantaba y disfrutaba. No sé cómo había llegado a la barra pero pedí un gin tonic para hacerle el amor, como en la canción. Y sí que era seca la ginebra, y sí que me acordé de algunos besos.

     El pianista acabó, pero la música no. Las personas bailaban como locas en la pista una música que por muy alto que estuviese, a mí no me sonaba; pero podía ver sus almas cansadas en las sillas, queriendo beber sin vivir tanto, pero la carne es la carne. Una camarera paseó por la sala sujetando una bandeja con copas de champán y dándoselas a los que quisieron. Cogí una para volver a brindar con mis amigos de piernas alegres y corazón triste, o no sé si solo era yo. Pero bebí. Y bebí. Y pensé que luego tenía los sueños que tenía, pero si esa noche se me aparecía la Pitia, me bastaría con que me enseñase un trozo de piedra negra.

     Y quien quiera entender, que entienda. Podrían haber sido mejores navidades.



domingo, 17 de noviembre de 2019

Como en los poemas esos


Te la pasarás viniendo
como viene la luna roja en Lorca;
siendo el sueño para los desvelos,
el botón que vuela de la camisa rota.
Me la pasaré bebiendo
para venir de grana y oro;
temblando en tus mejillas los riachuelos
que mueren con la noche de tus ojos.

Sin estribos ni riendas,
el alborozo de tu pelo en mis yemas.
Quedarme como el musgo en las piedras,
mojarme en la fuente de tus piernas.

Me las pasaré afilando,
que no traen nada bueno, los puñales;
siendo su hoja el espejo destrozado
donde se reflejan siete anillos y collares.
Te las pasarás corriendo
como un toro y como el agua que nunca nace;
que eres preciosa y yo solo el viento
que te llama antes de que los gallos canten.

Sin jinete y desbocado,
pero esta vara de mimbre para azotar tu campo.
Quiero ser la sangre sin heridas de tus labios,
el sol de un cielo del que te has escapado.














sábado, 9 de noviembre de 2019

Como en ese relato de ese escritor


     Estaba pasando el día en la feria. No era una gran feria, era más bien cutre, con atracciones feas y oxidadas, o tal vez esas fuesen las personas, no sé, no lo recordaba muy bien. Estaba oscureciendo y mi piel reflejaba luces de colores, como si fuese yo un pobre payaso desdibujado, emborronado, como cuando la sangre no sale de las paredes que se caían encima cuando intentaba dormir. La música alegre se mezclaba con el ruido que hacían algunos niños al reír, algunos padres gritar y muchas máquinas trabajar. Atracciones metálicas y veloces, máquinas de algodón de azúcar huracanadas y mareantes, explosiones entre cuatro cristales y ¡pum!, palomitas. Sí, estaba pasando el día, o la tarde ya, en la feria, simplemente por pasear un poco.

     –¡Pasen y vean! ¡Pasen y vean al mismísimo diablo! –gritaba un tipo con bigote, vestido de manera circense, estrafalaria, como en ese relato de ese escritor que tanto gustaba a los adolescentes que creen que pueden ser como él por juntar las palabras “polla”, “coño” y “cerveza”. Estaba junto a una carpa con un cartel que ponía “Ver al diablo, 3 euros”. Me acerqué –. ¿Se atreve a ver este prodigio de la naturaleza?
     –¿Por qué no?

     Pagué y atravesé las cortinas pesadas de la carpa. Pero esto no era como en el relato ese de ese escritor que alardeaba siempre de sus piernas y de joder con mujeres. Aquí no había ninguna jaula con nadie dentro. Había un espejo. Ni me acerqué y salí.

     –¿Qué ha visto? –me preguntó el tipo estrafalario. Yo le agarré del pecho.
     –¡Devuélveme el dinero, hijo de puta!
     –¿Qué había en el espejo? ¿Ha visto al diablo? ¿No se ha atrevido a mirar? No tiene usted pinta de cobarde... ¿acaso es un cobarde? ¡Pasen y vean al amigo cobarde del diablo! –se puso a gritar. Yo no era un cobarde, le había aguantado unos asaltos a Hemingway. Le solté y me dirigí a la entrada, pero el hombre me gritó mientras se atusaba el bigote y se colocaba la pechera –. ¡Oiga! Ver al diablo son 3 euros.
     –¡Váyase a la puta! –pero pagué.

     Entré, y al fondo de la carpa, como antes, había un espejo colocado. Me asomé y mi fea cara me devolvió la mirada. Eso no pasaba en ese relato, no. Así que ese era el diablo, quería decir. Salí para pegar al tipo.

     –¿Qué ha visto esta vez? ¿Se ha asomado en el espejo? ¿A quién a visto?

     Le volví a agarrar de la pechera y levanté el puño. Con la mano apretando el vacío y dispuesta a cortar el aire, me paré. Tal vez tenía razón, y si continuaba así, se la iba a acabar dando. Así que era el diablo, quería decir. Le solté y me volví a casa, a mí no me esperaba nadie allí, ni Teresa, ni Vicki, ni Cass... Joder, no me esperaba nadie, ni una cerveza. No, no era como en ese relato de ese escritor, el de las almorranas, los caballos y el whisky barato.