–El tiempo todo lo cura, amigo –dijo mientras dejaba con
un golpe seco el vaso en la barra.
–Si no me queda tiempo, me lo pidió ella, se lo di y no lo
he vuelto a ver –y bebí yo también todo lo que me quedaba,
volcando ese ardor en el embarcadero de mi garganta, donde el único
mar que azota es el tiempo. Me levanté y me fui.
–¡Tranquilo! ¡Ya invito yo, cabrón!
Le hice un gesto con la mano mientras salía por la puerta de
no sé qué sitio, dándole la espalda al bien y adentrándome, o
saliendo, a un mundo de mal, oscuro y amargo, como cuando me da por
verme a mí mismo a través de algo que haya escrito. No iba a ser
una gran noche, nunca lo era, no iba borracho, empezaba a llover un
poco y acababa de pisar una mierda de perro. No sabía quién coño
podía tener perro viviendo en el centro de Madrid, que no hay un
puto parque, y encima no recogen sus necesidades, y además yo
necesito poco para estar más amargado de lo normal. Me limpié en un
bordillo y seguí andando sin saber muy bien dónde iba, solo
buscando el siguiente balcón o saliente que me protegiese de la
lluvia, que no era mucha, pero era constante, como la desilusión en
la vida. Un chaval más joven que yo me paró.
–¡Oye! Yo te conozco.
–Pues ya lo siento –contesté sin mirarle, huyendo de su
cara que buscaba mi mirada.
–No, joder. Escribes bien, mola, algo triste.
–Gracias.
–¿Eres feliz? –me preguntó el joven mientras me
agarraba el hombro. No sé por qué, pero estaba serio, como
preocupado. Pensé que yo también era joven y además ya no tenía
mierda de perro en la bota.
–¿Acaso alguien lo es cuando no tiene una cerveza en una
mano y un buen libro en la otra? Mírame las manos, pues eso. Además,
está lloviendo.
–Claro, como ibas a serlo –caminaba a mi lado–.
¿Escribes por eso?
–Nah, es solo para no hablar conmigo mismo.
–¿Y ella? O sea, está ahí, y no contigo.
–Escribir sobre ella es prácticamente eso, pero peor.
–Bueno, tú sigue.
–Que siga qué.
–Pues eso –y se fue bajo la lluvia, como una lágrima
pesada y que hablaba.
La gente de noche era muy rara, como vampiros de lo freak que
durante el día esconden sus extravagancias y por la noche, sin luz,
sacan a relucir sus rarezas y se atreven a hablar con un desconocido,
con dos cojones, como si una farola alumbrase poco la cara de
grillado de uno. Por suerte soy borde pero educado y aguanto una
conversación como aguanto la vida, soportando palabras y hostias,
lluvia y cacas de perro. En la Calle de la Reina con Marqués de
Valdeiglesias vi a una chica mona paseando un chucho, no tenía raza,
pero era bastante grande, seguro que tenía algo de mastín. En toda
la esquina, ni corto ni perezoso, como si le diese igual que su
dueña, correa en una mano y paraguas de lunares rojos en la otra, y
yo le estuviésemos mirando, se puso a cagar. Ojalá ser un perro y
que todo me la sudase de la misma manera. El perro terminó de cagar
como cuando se termina el amor, dejando la mierda ahí. La dueña se
estaba yendo.
–Joder, recógelo, ¿no?
–¡Vete a la mierda, subnormal!
–¡Uy! Señorita, qué maleducada, ni que te hubiese pedido
el teléfono –dije mientras sonreía. Pero la sonrisa y mi simpatía
poco natural no causaron efecto y la chica se encaró. Tenía los
ojos marrones muy clarito y un piercing en la nariz, que eso ya no se
llevaba, o eso creía.
–¿Es que eres madero o algo así?
–¡Qué va! Tengo estudios y eso.
–Vete a la mierda.
Cuando se dio la vuelta y se estaba yendo, cogí un palo,
pinché la mierda y se la restregué en la espalda. Salí corriendo
pero con la lluvia escurría el suelo y a los pocos metros me
resbalé, pensé que no podía ser más humillante, o más que mi
vida en general, pero me equivocaba, el perrazo enorme venía hacía
mí, tal y como vienen las malas noticias, e hizo lo mismo que estas,
me empezó a morder la entrepierna. No había gritado tanto en mi
vida, o sí, no me acordaba, pero el hijo de puta del perro me estaba
agarrando bien. Le di golpes en la cabeza mientras lloraba y gritaba.
La gente se asomaba por las ventanas. Yo había respetado siempre a
los animales y me arrepentiré siempre de lo que hice a continuación.
Metí la mano en el bolsillo y saqué las llaves. La dueña lo vio.
–¡Qué vas a hacer! ¡Socorro! ¡Este hombre va a matar a
mi perro! ¡Ay! ¡Que alguien me ayude! ¡Mi perro! ¡Mi pobre perro!
–¡Mi polla! ¡Mi pobre polla! –y le clavé la llave
morada del portal en un ojo al perro. Me soltó con un chillido
lastimero y las luces naranjas de las farolas se volvieron a tu azul.
Me quise levantar y salí corriendo. Tenía el pantalón
lleno de sangre y me mareé un poco. El perro sí había salido
corriendo y la dueña también. Las llaves y la mano con las que las
sujetaba también estaban salpicadas del color de las amapolas.
Intenté andar rápido pero me desmayé, viendo todo borroso, como en
las películas.
–¡AAAAH! ¡JODER! ¡AAAAAHH! ¡Qué dolor! No he bebido lo
suficiente, si no estas lágrimas y este sudor tendrían otro sabor.
–Relájese, solo son puntos. Es una herida bastante
profunda. Por lo que me ha contado, ese perro le ha enganchado bien
–el doctor estaba siendo muy profesional, yo me estaría
descojonando, nunca mejor dicho, si tuviese a un tío espatarrado con
una herida en sus partes y llorando como un niño pequeño–. Pero
tranquilo, si la cura bien, en unas tres semanas podrá volver a ser
útil.
–¡Ay ay ay! Ha merecido la pena, creo.
–Así que escritor, ¿eh? ¿va a contar esto?
–Supongo, para que luego digan que siempre escribo sobre lo
mismo y cosas tristes.
–Si quiere ver algo triste, échese un vistazo aquí abajo.